
Lo único real era el vapor en la corriente de la noche envuelto en el corazón de un meteorito,
un meteorito que jamás alcanzaría a estrellarse con la Tierra.
Bastante lejos de aquella certidumbre – al reverso de la verdad y las realidades –
me encontraba dentro del cuerpo de una botella sometida a las leyes de gravedad
y los sonidos de la luz o de la destrucción no atravesaron mis tímpanos ni el ritmo de mis exhalaciones.
Sin embargo había un eco pronunciado desde la mismísima garganta del silencio,
acomedido a la quietud sonaba y sus lamentos eran inútiles para nuestros oídos desgraciados;
gemía al momento de cortar la ventilación de las entrañas de piedra,
cantaba dentro del motor de un alfilero crucificador de mimbre,
y no murió hasta llegar a la punta de mis dedos atormentados por la urticaria
de la emancipación de otro suspiro.
Nada podía ser más real para mí,
hasta derrumbarme dentro de los tejidos de voz que lentamente zurcían nubes en tu aliento.
Aliento que confundí expulsado por mi boca y al descuido mirarnos de un ojo al otro,
ambos obligados a ser dos cuerpos separados por sí mismos,
sentados al borde de la penumbra igual que si no hubiese otro extremo
más allá de la última página de la Galaxia.
Y de pronto la certeza de saberme yo entre los vértices indiferenciados en el Universo
me abandonó al filo de la voluntad en la espuma rabiosa de la transparencia.
Perdí mi cabeza y estas visiones que revoloteaban como alas traslúcidas liberadas de su insecto.
Perdí-perdí mi corazón y aquellas palabras que había cuidado amorosamente para mi epitafio.
Y la página que me definía se llenó de versos blancos para siempre muertos
en el asiento cegador de vida postrado al frente de tu rostro.
Amén por todas las letras
que descansaron sobre tus rodillas mucho antes de encontrarse con la paz.
Y el último deseo no respetado de aquel meteorito
que pereció al fusil de la estampida de pólvora venida de tu sien y de tu parpadeo.
Y el olor a muerte confundido
con la esencia de tus pasos que nadie ha podido describir.
Y adiós a todo lo que era seguro de tocar o de sentir bajo el smog indomable del rastro de tu figura.
Nada queda entre la destrucción
después de la destrucción,
y sólo al final me miras y te pones a leerme pero no hay más
que el Manifiesto de la No Escritura, de la No Existencia y de la No Materia.
Y sólo al final miro que tú mismo no has sido más que otra teoría
eternamente descartada por el parlamento de luciérnagas,
aquellas discrepantes en la posibilidad de contemplar la muerte como un fin absoluto
parecido a la circunferencia contenida en las transformaciones de las aguas.
Y por último ahora que todo pareció desaparecer, esfumarse y desaparecer,
qué puedo decir por último que no se pierda en las profundidades de lo que queda de ti
que no se abstraiga en dolor desapercibido
como la gramatización de un lenguaje que ha dejado de existir en ésta
y todas las dimensiones.
H
ubiera querido decirte que apretaras más fuerte mi cuerpo como si esta labor dulce de uno de tus sentidos fuera la única manera de afirmar mi increíble consistencia permeable H
ubiera tomado todo el calor del mundo para derretirnos hasta volvernos un líquido inluído por los rincones más oscuros del mundo S
eríamos tan invisibles como el aire tan el uno mezclado con el otro en una unión más verdadera que cualquiera de aquellos obstinados en hacer el amor A
hora no sé si es la torpeza encantadora de nuestros pasos acompañándose lo que despierta mi vulnerabilidad pero debo decir que no tardaré en asesinar mi juventud a nombre de alguna mirada salida de tus labios igual que si estuvieras hablándome N
o nos queda mucho tiempo ahora antes de que sea demasiado tarde y ni siquiera la nada sea algo para todo lugar fíate de lo que no podemos entender y olvida esta corta e insignificante vida siendo tú y yo constelando con el infinito.