Aproximación a la distancia II

martes 9 de febrero de 2010 muy cerca de las 23:38



Aurora:

Debo partir. Mi cuerpo no soportará más esta situación. Mi situación no soportará más este cuerpo.
He pasado años observando lo mucho que me cansa la realidad. Y ¿por qué todo tiene que ser tal como siempre ha sido? Incluso esta lamentación se ha convertido en una melancolía perpetua, al grado de caer en una contradicción indivisible. Antes de llegar al colmo de la decepción, tenía el presentimiento de que existía, escondido en algún lugar, un gran cambio: el timbre de mi voz podía tornarse más grave en cualquier momento, dominaría una lengua distinta o llevaría dentro de mí una desconocida combinación cromosómica. Al final del día, sin embargo, perdía su novedad hasta la más excéntrica de las interrupciones.
Tan sólo míranos; los insólitos y limitados habitantes de la Tierra. Somos una conjetura de casualidades, transformaciones y evoluciones biológicas. Hemos puesto a la naturaleza a merced de un complejo y delicado códice de moralidades, ambiciones creativas y proporcionalmente destructoras. Y nuestras ciudades seguirán creciendo; la estructura de la civilización atravesará la monótona atmósfera y no habrá más remedio que renovar nuestra humanidad junto con la inminente muerte que nos aguarda.
He llegado a la triste reflexión de que “el gran cambio” que estoy esperando no puede entregármelo nada que esté atrapado en las rígidas circunferencias del ciclo de la vida. Por tu condición mortal también obedeces aquel límite. No requiero otra razón para desear estar más lejos de lo que actualmente me encuentro.
La presente carta es otra manifestación de la decadencia recurrente en los seres humanos. Antes de que nacieras, de que pudieras siquiera imaginar otro lugar, ya me había ido. Hoy estás triste. La soledad, desde su rostro más tedioso, te ha perturbado desesperadamente. Y escribiste.

La Constelación del Fin del Mundo

domingo 7 de febrero de 2010 muy cerca de las 23:55



Lo único real era el vapor en la corriente de la noche envuelto en el corazón de un meteorito,
un meteorito que jamás alcanzaría a estrellarse con la Tierra.
Bastante lejos de aquella certidumbre – al reverso de la verdad y las realidades –
me encontraba dentro del cuerpo de una botella sometida a las leyes de gravedad
y los sonidos de la luz o de la destrucción no atravesaron mis tímpanos ni el ritmo de mis exhalaciones.
Sin embargo había un eco pronunciado desde la mismísima garganta del silencio,
acomedido a la quietud sonaba y sus lamentos eran inútiles para nuestros oídos desgraciados;
gemía al momento de cortar la ventilación de las entrañas de piedra,
cantaba dentro del motor de un alfilero crucificador de mimbre,
y no murió hasta llegar a la punta de mis dedos atormentados por la urticaria
de la emancipación de otro suspiro.

Nada podía ser más real para mí,
hasta derrumbarme dentro de los tejidos de voz que lentamente zurcían nubes en tu aliento.
Aliento que confundí expulsado por mi boca y al descuido mirarnos de un ojo al otro,
ambos obligados a ser dos cuerpos separados por sí mismos,
sentados al borde de la penumbra igual que si no hubiese otro extremo
más allá de la última página de la Galaxia.

Y de pronto la certeza de saberme yo entre los vértices indiferenciados en el Universo
me abandonó al filo de la voluntad en la espuma rabiosa de la transparencia.
Perdí mi cabeza y estas visiones que revoloteaban como alas traslúcidas liberadas de su insecto.
Perdí-perdí mi corazón y aquellas palabras que había cuidado amorosamente para mi epitafio.
Y la página que me definía se llenó de versos blancos para siempre muertos
en el asiento cegador de vida postrado al frente de tu rostro.

Amén por todas las letras
que descansaron sobre tus rodillas mucho antes de encontrarse con la paz.

Y el último deseo no respetado de aquel meteorito
que pereció al fusil de la estampida de pólvora venida de tu sien y de tu parpadeo.

Y el olor a muerte confundido
con la esencia de tus pasos que nadie ha podido describir.
Y adiós a todo lo que era seguro de tocar o de sentir bajo el smog indomable del rastro de tu figura.

Nada queda entre la destrucción
después de la destrucción,
y sólo al final me miras y te pones a leerme pero no hay más
que el Manifiesto de la No Escritura, de la No Existencia y de la No Materia.
Y sólo al final miro que tú mismo no has sido más que otra teoría
eternamente descartada por el parlamento de luciérnagas,
aquellas discrepantes en la posibilidad de contemplar la muerte como un fin absoluto
parecido a la circunferencia contenida en las transformaciones de las aguas.

Y por último ahora que todo pareció desaparecer, esfumarse y desaparecer,
qué puedo decir por último que no se pierda en las profundidades de lo que queda de ti
que no se abstraiga en dolor desapercibido
como la gramatización de un lenguaje que ha dejado de existir en ésta
y todas las dimensiones.

Hubiera querido decirte que apretaras más fuerte mi cuerpo como si esta labor dulce de uno de tus sentidos fuera la única manera de afirmar mi increíble consistencia permeable Hubiera tomado todo el calor del mundo para derretirnos hasta volvernos un líquido inluído por los rincones más oscuros del mundo Seríamos tan invisibles como el aire tan el uno mezclado con el otro en una unión más verdadera que cualquiera de aquellos obstinados en hacer el amor Ahora no sé si es la torpeza encantadora de nuestros pasos acompañándose lo que despierta mi vulnerabilidad pero debo decir que no tardaré en asesinar mi juventud a nombre de alguna mirada salida de tus labios igual que si estuvieras hablándome No nos queda mucho tiempo ahora antes de que sea demasiado tarde y ni siquiera la nada sea algo para todo lugar fíate de lo que no podemos entender y olvida esta corta e insignificante vida siendo tú y yo constelando con el infinito.

Aproximación a la distancia

domingo 31 de enero de 2010 muy cerca de las 12:16
Me gusta contemplarme desde lejos como si no me conociera; como si este paraíso tuviera una montaña y la montaña tuviera una cima donde he construido un hogar de ventanas prismáticas para observarme descansar sobre este pasto.
Me gustan los reflejos del mar y los cristales donde sé que no puedo tocarme. Sentir mis propias manos y mirar a otros ojos sin temor a que ninguna resulte lastimada.
Hay muchas fotografías de nosotras –la misma- colgadas de los pendientes transparentes en el infinito.
A veces, cuando lo único que respira es el Sol al otro lado del mundo, siento que entraré en la misma habitación donde ahora me encuentro; que miraré mi cuerpo como si estuviera dormido y entonces me llamaré por el nombre que el tiempo y la luz nos ha brindado. Me despierto, abro los ojos y esta habitación hecha por la naturaleza también se abre. Sin embargo no puedo reconocer la voz que resonó como el viento en mi garganta y los resplandores de la oscuridad anuncian a una sombra que parece aguardar por mí, atrapada en las paredes.

Cápsula de la fortuna número 1

viernes 29 de enero de 2010 muy cerca de las 09:54



Hoy la voz del Universo recitará un poema sobre la vida y la muerte.
Pero el acento del Espacio es música que los hombres
- enmudecidos por la Asfixia-
jamás podrán escuchar.

Algo sobre la soledad

martes 26 de enero de 2010 muy cerca de las 02:51
Así como el fantasma de un asesinato, la soledad tiene una delicada forma de apuntar en contra de su propio gatillo. Dispara.

Me duele tanto que ni siquiera lo siento. La herida se pone de pie y me mira de frente. Es la única que puede verme en esta habitación extraviada por el humo de erupción volcánica.

Y sin embargo muy pronto se apaga el incendio. La luz es lo primero en desaparecer; le siguen las fantasías y las realidades.

-Nadie vive aquí –nos decimos. La voluntad también se ha ido. Las palabras han escapado de nuestros labios abiertos, condenados a vivir eternamente solos.

(Coda)

domingo 17 de enero de 2010 muy cerca de las 02:51




Muchacho
eres un ojo gris
un cuarto de seudoendorfina procesada

Tu mano es un país muerto hace millones de años
tus latidos un idioma aprendido
por una libreta y un Sol que no son de este mundo

Nada
nadie
logrará verter tanto mar dentro de una caldera

Las hojas que escribo
son un minuto
para nuestra cuenta regresiva

Tienes la piel cubierta de hollín
y las fosas sépticas levantan la mano a tus señales
saludan al fantasma libertador que representas

Tomas una estrella y
me la inyectas en la espalda
un piano hace un camino de bemoles

Llegamos saltando al cielo
apretamos con los dientes
unas alas de damasco

El Universo
despierta en expansión los ojos
sólo para vernos buscándonos entre planetas

El piano hace una danza de bemoles
la Vía Láctea da una vuelta transversal
antes de convertirse en Supernova

Las Baladas aparecen colgadas de unos meteoritos
la orden gravitacional
es un enorme bandoneón que no deja de moverse

El aliento del mundo acaba desapareciendo en el instante
nos vamos disolviendo junto a todo lo que nos contempla
caemos

Caemos siendo regresados a nuestros cuerpos
a nuestras esferas tan separadas en el tiempo
en el mar
en el inestable campo de las materias vivas
y las materias muertas

Me coloco mi cuerpo
no sé lo que dijiste antes de desaparecer
ya no te escucho

entre la algarabía de objetos que se acomodan
para formar un camino que no existe.

Pacto pluvial

sábado 16 de enero de 2010 muy cerca de las 21:48



Seremos tan ligeros
-tú al flotar,
yo al caerme-
que la misma tierra
nos suspenderá lejos de las multitudes

presas en el asfalto.

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